—Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los jefes —dije con humildad y apocamiento—. Llévenme a la prisión, enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.

—¿Qué es eso de encerrar? —gritó Molichard en tono campechano y tocando las castañuelas con los dedos—. A casa de la Zángana, messieurs. Cipérez, nosotros respondemos de ti.

XVI

—¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí.

—Un francés, un soldado de Napoleón —dijo Tourlourou con gesto parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides—, no bebe tranquilo mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, Cipérez —añadió abrazándome—, sois el primero entre mis camaradas. Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí l’aigle de l’Empire et le lion de l’Espagne.

Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como a aquella, los abrazos del águila del Imperio.

Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.

—Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de mi señor padre, yo pago todo el gasto —dije al entrar.

En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de armas y de vino.

—¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? —me preguntó Molichard.