—Bastante para pasar —respondí con modestia.

—Llámanle Cipérez el rico.

—Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.

—No digo eso. ¡A la salud de monsieurrrr Cipérez!

—Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo... Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en procesión solene con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al Sr. Molichard...

—Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María Cipérez!

—Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.

—Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay Pirrineos...» Bebed, Baltasarico.

—Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien —dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.

Jean-Jean cantaba: