—Bien: vamos un momento afuera —repuso Molichard tomándome del brazo.
Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle, sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados, daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.
—¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? —pregunté cándidamente.
—¡Fortificaciones, animal! —dijo el sargento, que después que se llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.
—Ya, ya comprendo —repuse afectando penetración—. Para la guerra. ¿Y cómo llaman a este sitio?
—Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de benedictinos, que fue derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.
—¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? —pregunté estupefacto.
—Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.
—¡Fuego! —dije medrosamente—. ¿Y todos a la vez?
—Te pones pálido, cobarde.