—Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa tierra, mi sargento, para qué es?

—No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo escarpa y contraescarpa?

—¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?

—Es el castillo árabe-romano. ¡Foudre et tonnerre! Eres un ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.

—¿San Cayetano?

—¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. También lo estamos fortificando.

—Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?

—El colegio Trilingüe... triquis lingüis en latín, esto es, de tres lenguas. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la Alberca.

—Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard —dije avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.

—Pues no parece sino que vienes del Limbo, ¡ventre de bœuf! ¿No ves que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San Vicente?...