—Volvámonos al cuartel —dijo Molichard—. Yo entro de guardia a las diez.
Y asiéndome por el brazo añadió:
—¡Peste, mille pestes!... ¿Querías escapar?
—En el cuartel se le registrará —exclamó Tourlourou.
—Fuera de aquí, goguenards —dijo con energía Jean-Jean—. El Sr. Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil demonios y dejádmelo aquí.
Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero, ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo de mi memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la verdad en lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de vos, que comúnmente nos daban los franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar.
¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para entretener al vulgo.
XVII
El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre aquellas tristes ruinas, díjome:
—Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos... ¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré.