El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que entonaba una canción guerrera.

—¡Espion, sí, espion! —dijo Tourlourou señalándome—. Sostengo que eres espion. ¡Al calabozo!

—Francamente, caballero Cipérez —dijo Molichard—, yo no quisiera faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti.

—Tiene este mancebo —afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el hombro con tanta fuerza que casi me aplastó— cara de tunante.

—Desde que le vi sospeché algo malo —dijo Molichard—. No está uno seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de debajo de las piedras...

Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.

—¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya muralla se está aspillerando? —dijo Tourlourou.

Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad. De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:

—Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi amigo.

Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa, aunque harto pesada.