Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, que penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y alta fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído, no sé qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, una esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar un plan, fue todo uno. He aquí cómo.
Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el criminal y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa, resuelta y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a prestarnos un servicio, y en tono muy altanero le dije:
—Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a solas.
El hombre se quedó lelo.
—Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de entendimiento, de actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo necesito ahora.
Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo:
—De modo que...
—No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles Tourlourou y Molichard; pero no a usted.
—Ya me lo figuraba —afirmó—. Sois espía.
—No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa vulgaridad —dije tuteándole con desenfado—. Ya sabes que los espías son siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame bien. A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego?