—No a fe mía. Sois un caballero.

—Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la caballerosidad no está reñida con la pobreza.

—Ciertamente que no.

—¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce?

—No... sí... sí me parece que le he oído nombrar.

—Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva, y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es cierto?

—Pobre soy —dijo, no disimulando la avaricia que por las claras ventanas de sus ojos asomaba.

—Escasa es la cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que hoy traigo entre manos he traído suma muy respetable, hábilmente encerrada dentro del pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura.

—¿Dónde dejasteis vuestro pollino?

Me quería comer con los ojos.