—Eso se queda para después.
—Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués —dijo con cierta confusión—. No haré traición a mis banderas.
—Ya he dicho que no soy espía.
—C’est drôle. ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en ese traje, vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de Escuernavacas?
—¿Qué me trae? Una aventura amorosa.
Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo y dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción.
—¡Una aventura amorosa! —dijo asaltado nuevamente por la duda, después de breve rato de meditación—. ¿Y por qué no habéis venido tal y como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca?
—¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi persona.
—¿Es que algún francés os ha quitado vuestra novia? —preguntó el dragón sonriendo por primera vez en aquel diálogo.
—Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una persona que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que aborrezco y a quien mataré, si puedo.