—¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos generales? —dijo con sequedad—. Señor Marqués, no contéis conmigo para nada.
—No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un español.
—Pues si es español, le diable m’emporte... podéis tratarle todo lo mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra.
—No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte.
—En una palabra, señor mío —dijo con impaciencia—, ¿qué es lo que queréis que yo haga para serviros?
—Primero que no me denuncies, estúpido —respondí tratándole despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad—; después, que me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo.
—¿No lo sabéis?
—No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros groseros camaradas quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada.
—Ahora que nombráis a mis camaradas... —dijo Jean-Jean con mucho recelo—, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano. No me he olvidado de los refranes. Si ahora también...
—¿Sospechas de mí? —grité con altanería.