—Nada de soberbia, señor Marquesito —repuso con insolencia—. Ved que puedo denunciaros.
—Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder llevar adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera darte.
—No hay que reñir —dijo en tono benévolo—. Referidme en qué consiste esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que vaguedades.
—Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un sans culotte ha robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud...
—¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas?
—La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el único goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que le permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo a la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil toda mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada joven para averiguar el lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una casualidad, un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso de Dios, sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca. Él no habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme la ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su patria, irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean, que, devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace todo el daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos, empléase en fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar discordias, en levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida que duerme en ella, en arrojar la simiente de las turbaciones de los pueblos. Favorécenle ustedes, porque favorecen todo lo que divida, aniquile y desarme a los españoles. Él corre de pueblo en pueblo, ocultando en sus viajes nombre, calidad y ocupación, para no provocar la ira de los naturales, y cuando no puede viajar acompañado por tropas francesas, se oculta con los más indignos disfraces. Últimamente ha venido de Plasencia a Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla imitaba tan perfectamente a las compañías de la legua, que pocos en el tránsito sospecharon el engaño...
—Ya sé quién es —dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean—. Es Santorcaz.
—El mismo: D. Luis de Santorcaz.
—A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y nigromante. ¿Y para entenderos con ese mal sujeto —añadió el francés— os disfrazáis de ese modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso entre nosotros? Lo sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le consienten, pero no le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia.
—¿Le conoces bien?