—Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a Toledo a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después en Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo, ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe. Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo. Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son.
—Veo que eres un hombre de grandísimo talento.
—Lo que soy —dijo el soldado en tono de alarmante sospecha—, es un hombre que no se mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro único enemigo un hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de tantas campanillas, necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando a todo el pueblo, cual si no hubiérais de luchar con un intrigante de baja estofa, sino con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra policía, y el mismo gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo?
Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué contestarle.
—Connu, connu... Basta de farsas. Sois espía —agregó con acento brutal—. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os burláis de mí, juro...
—Calma, calma, amigo Jean-Jean —dije procurando esquivar el gran peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado—. Ya te dije que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva consigo una joven?...
—Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija...
—¡Su hija! —exclamé afectando una cólera frenética—; ¿ese miserable se atreve a decir que es su hija?
—Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante —repuso con calma mi interlocutor.
—¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua.