—Lo que puedo aseguraros es que la he visto de paseo por la ciudad y sus alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y la muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta al lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le hace mimos y monerías... Y ahora, mon petit, salís con que es vuestra novia, y una señora encantada o princesse d’Araucanie, según habéis dado a entender... Bueno, ¿y qué?

—Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a su familia, empresa en la cual espero que me ayudarás.

—Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se ha quejado al rey José?

—Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más —grité sin poder contener mi impaciencia y enojo—. ¿Me sirves, sí o no?

Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después me dijo:

—¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa encantada?

—Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa?

—No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de anacoreta, y no gusta de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de las dos criadas que le sirven, y podría introducirme en caso de gran interés.

—Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la señorita Inés, y una vez que esté prevenida...

—Ya os entiendo, tunante —dijo con malicia de zorro y burlándose de mí—. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos.