—¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz en este papel.

Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que por encima de mi hombro leía Jean-Jean:

«Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de tu mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no saldré de aquí sin ti.—Gabriel.»

—¿Nada más que esto? —dijo tomando el papel y observándolo con la atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción oscura.

—Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí, dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en el mesón.

—¡Sí, bonito negocio! —dijo el francés con desdén—. Yo voy a la calle del Cáliz, y en cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino perderme de vista, echáis a correr, y...

—Iremos juntos y te esperaré en la puerta.

—Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera...

—¡Desconfías de mí, miserable! —exclamé inflamado por la indignación, que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi gesto.

—Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero.