La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera, la elección no era dudosa.

—Vamos —le dije con desprecio—, llévame a donde quieras.

Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir, fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos, llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y nos dirigimos a un claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados, que tendidos por el suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz en medio de aquella nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos, ignorantes de las causas que les habían movido a convertir en polvo la obra de los siglos.

—Este es el convento de la Merced Calzada —me dijo Jean-Jean—. No se ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento! Benditos sean los frailes. ¡Charles le temeraire! —gritó después llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.

—¿Qué hay? —dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón—. ¿A quién traes contigo?

—¿Dónde está mi primo?

—Por ahí anda. ¡Pied-de-mouton!

Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante maldito, y este le dijo:

Pied-de-mouton, dame la llave de la torre.

XVIII