—Ahora te lo proporciono, porque nada más honroso que servir a un caballero y a una señora.

—Dígame usted lo que tengo que hacer —dije, deseando ardientemente que la posesión del doblón que brillaba ante mis ojos fuera compatible con la dignidad de un hombre como yo.

—Nada más que lo siguiente —respondió el hermoso galán, sacando una carta del bolsillo—: llevar este billete a la señorita Lesbia.

—No tengo inconveniente —dije, reflexionando que en mi calidad de criado, no podía deshonrarme llevando una carta amorosa—. Deme usted la esquelita.

—Pero ten en cuenta —añadió entregándomela— que si no desempeñas bien la comisión, o este papel va a otras manos, tendrás memoria de mí mientras vivas, si es que te queda vida después que todos tus huesos pasen por mis manos.

Al decir esto el guardia, demostraba, apretándome fuertemente el brazo, firme intención de hacer lo que decía. Yo le prometí cumplir su encargo como me lo mandaba, y tratando de esto llegamos al gran patio de Palacio, donde me sorprendió ver bastante gente reunida, descollando entre todos algunas aves de mal agüero, tales como ministriles y demás gente de la curia. Yo advertí, que al verles mi acompañante se inmutó mucho, quedándose pálido, y hasta me parece que le oí pronunciar algún juramento contra los pajarracos negros que tan de improviso se habían presentado a nuestra vista. Pero yo no necesitaba reflexionar mucho para comprender que aquella siniestra turbamulta nada tenía que ver conmigo, así es que dejando al militar en la puerta del cuerpo de guardia, y una vez trasladadas carta y moneda a mi bolsillo, subí en cuatro zancajos la escalera chica, corriendo derecho a la cámara de la señora Lesbia.

No tardé en hacerme presentar a su señoría. Estaba de pie en medio de la sala, y con entonación dramática leía en un cuadernillo aquellos versos célebres:

... todo me mata,

todo va reuniéndose en mi daño!

—Y todo te confunde, desdichada.