Estaba estudiando su papel. Cuando me vio entrar cesó en su lectura, y tuve el gusto de entregarle en persona el billete, pensando para mí: «¿Quién dirá que con esa cara tan linda eres una de las mejores piezas que han hecho enredos en el mundo?»
Mientras leía, observé el ligero rubor y la sonrisa que hermoseaban su agraciado rostro. Después que hubo concluido, me dijo un poco alarmada:
—¿Pero tú no sirves a Amaranta?
—No, señora —respondí—. Desde anoche he dejado su servicio, y ahora mismo me voy para Madrid.
—¡Ah! Entonces, bien —dijo tranquilizándose.
Yo en tanto no cesaba de pensar en el placer que habría experimentado Amaranta si yo hubiera cometido la infamia de llevarle aquella carta. ¡Qué pronto se me había presentado la ocasión de portarme como un servidor honrado, aunque humilde! Lesbia, encontrando ocasión de zaherir a su amiga, dijo:
—Amaranta es muy rigurosa y cruel con sus criados.
—¡Oh, no señora! —exclamé yo, gozoso de encontrar otra coyuntura de portarme caballerosamente, rechazando la ofensa hecha a quien me daba el pan—. La señora condesa me trata muy bien; pero yo no quiero servir más en Palacio.
—¿De modo que has dejado a Amaranta?
—Completamente. Me marcharé a Madrid antes del medio día.