—¿Y no querrías tú entrar en mi servidumbre?

—Estoy decidido a aprender un oficio.

—De modo que hoy estás libre, no dependes de nadie, ni siquiera volverás a ver a tu antigua ama.

—Ya me he despedido de su señoría y no pienso volver allá.

No era verdad lo primero, pero sí lo segundo.

Después, como yo hiciera una profunda reverencia para despedirme, me contuvo diciendo:

—Aguarda: tengo que contestar a la carta que has traído, y puesto que estás hoy sin ocupación y no tienes quien te detenga, llevarás la respuesta.

Esto me infundió la grata esperanza de que mi capital engrosara con otro doblón, y aguardé mirando las pinturas del techo y los dibujos de los tapices. Cuando Lesbia hubo concluido su epístola, la selló cuidadosamente y la puso en mis manos, ordenándome que la llevase sin perder un instante. Así lo hice; pero ¡cuál no sería mi sorpresa cuando al llegar al cuerpo de guardia me encontré con la inesperada novedad de que sacaban preso a mi señor el guardia, llevándole bonitamente entre dos soldados de los suyos! Yo temblé como un azogado, creyendo que también iban a echarme mano, pues sabía que no bastaba ser insignificante para librarse de los ministriles, quienes deseando mostrar su celo en la causa del Escorial, comprendían en los voluminosos autos el mayor número posible de personas.

Cometí la indiscreción de entrar en el cuerpo de guardia para curiosear, lo cual hizo que un hombre allí presente, temerosa estantigua con nariz de gancho, espejuelos verdes y larguísimos dientes del mismo color, dirigiese hacia mi rostro aquellas partes del suyo, observándome con mucha atención y diciendo con la voz más desagradable y bronca que en mi vida oí:

—Este es el muchacho a quien el preso entregó una carta poco antes de caer en poder de la justicia.