—¿Qué me dices?
—Lo que usía oye: y si quiere verlo con sus propios ojos vaya ahora mismo: que esta es la hora que escogen los malvados para su intento, por ser la de la siesta. Ya me podría usía recompensar por la noticia, pues le doy este aviso, para que pueda prestar un gran servicio a nuestro querido Rey.
—Pero tú recibiste una carta del joven alférez, y si no me la das ante todo, ya te ajustaré las cuentas.
—¿Pero el señor licenciado no sabe —contesté— que soy paje de la excelentísima señora condesa Amaranta, a quien sirvo hace algún tiempo? ¡Y que no me tiene poco cariño mi ama en gracia de Dios! Mil veces ha dicho que ya puede tentarse la ropa el que me tocase tan siquiera el pelo de la misma.
El leguleyo parecía recordar, y como era cierto que me había visto repetidas veces en compañía de mi ama, advertí que su endemoniado rostro se apaciguaba poco a poco.
—Bien sabe el señor licenciado —continué— que la señora condesa me protege, y habiendo conocido que yo sirvo para algo más que para este bajo oficio, se propone instruirme y hacer de mí un hombre de provecho. Ya he empezado a estudiar con el padre Antolínez, y después entraré en la casa de pajes, porque ahora hemos descubierto, que yo aunque pobre soy noble y desciendo en línea recta de unos al modo de duques o marqueses de las islas Chafarinas.
El leguleyo parecía muy preocupado con estas razones, que yo pronuncié con mucho desparpajo.
—Y ahora —proseguí—, iba al cuarto de mi ama, que me está esperando, y en cuanto sepa que el señor licenciado me ha detenido se pondrá furiosa: porque ha de saber el señor licenciado que mi ama me manda recorrer estos patios y galerías para oír lo que dicen los partidarios de los presos, y ella lo va apuntando en un libro que tiene no menos grande que ese banco. Ella va a descubrir muchas cosas malas de esa gente y está muy contenta con mi ayuda, pues dice que sin mí no sabría la mitad de lo que sabe. Por ejemplo, lo de las cañas apuesto a que nadie lo sabe más que yo, y agradézcame el señor licenciado que se lo haya dicho antes que a ninguno.
—Cierto es —dijo el ministril— que la señora condesa te protege, pues ahora caigo en la cuenta de que algunas veces se lo he oído decir; pero no me explico que tu ama se cartee con el alférez.
—También a mí me llamó la atención —repuse—, porque mi ama decía que ese señor era de los que primero debían ser puestos a la sombra; pero vea el señor licenciado. La carta que recibí era para mi ama, y le decía que viéndose próximo a caer en poder de la justicia, solicitaba protección de la señora condesa para librarse de aquella.