—¡Ah, Sr. Mañara, tunante, trapisondista! —exclamó el representante de la justicia humana—. Quería escaparse de nuestras uñas, poniéndose al amparo de una persona que está demostrando el mayor celo en favor de la causa del Rey.
—Pero no le valieron sus malas mañas, señor licenciadito de mi alma —añadí entusiasmándome—, porque mi ama rompió la carta con desdén, y me mandó contestarle de palabra que nada podía hacer por él.
—¿Y a eso venías?
—Precisamente. Ya sabía yo que no lograba nada el señor alférez, y me alegro, me alegro. Porque yo digo: esos picarones ¿no querían quitarle al Rey su corona, y a la Reina la vida? Pues que las paguen todas juntas, que bien merecido tienen el cadalso; y como se descuiden, el Príncipe de la Paz no se andará por las ramas.
—Bien —dijo algo más benévolo para conmigo, pero sin que se extinguiera su recelo—. Iremos juntos a ver a tu ama, y ella confirmará lo que has dicho.
—Ahora se fue al cuarto del Príncipe de la Paz, a quien piensa recomendarme para que entre en la casa de Pajes. Y como el señor licenciado se descuide, no podrá ver a los que echan la caña por los balcones del piso tercero del monasterio. Vaya usía a enterarse de esto, y luego puede pasar al cuarto de mi ama donde le espero. Ella estará prevenida y recibirá a usía con mucho agasajo, porque le aprecia y estima mucho.
—¿Sí? ¿Le has oído hablar de mí alguna vez? —preguntó vivamente.
—¿Alguna vez? Diga el señor licenciado mil veces. La otra noche estuvo hablando de usía más de dos horas con el Príncipe de la Paz y con el marqués Caballero.
—¿De veras? —preguntó plegando su arrugada boca con una sonrisa indefinible y dejando ver en todo su vasto desarrollo el mapa de su verde dentadura—. ¿Y qué decía?
—Que al señor licenciado se deben todas las averiguaciones que se han hecho en la causa, y otras cosas que no digo por no ofender la modestia de usía.