—Dilas picarón, y no seas corto de genio.
—Pues hizo grandes elogios de usía, ponderando su talento, su mucho saber, y su disposición para sacar leyes aunque fuera de un canto rodado. Después añadió que si no le hacían al señor licenciado consejero de Indias o de la sala de alcaldes de Casa y Corte, no tendrían perdón de Dios.
—¿Eso dijo? Veo que eres un chico formal y discreto. Di a la señora condesa que dentro de un momento pasaré a visitarla, para consultar con ella gravísimas cuestiones. Ella sabrá cuánto la aprecio y estimo. Con respecto a ti, al principio pensé que la carta entregada por el alférez era para la duquesa Lesbia.
—¡Quiá! No voy yo al cuarto de esa señora, porque mi ama y ella están reñidas.
—Y como hoy —continuó— se procederá también a prender a esa señora, que resulta complicada en el proceso lo mismo que su esposo el señor duque...
—¡También prenden a la señora Lesbia! —exclamé asombrado.
—También; ya habrán subido mis compañeros a notificárselo. Conque, joven, sube al cuarto de tu ama, y adviértele mi próxima visita.
No esperé más para separarme de hombre tan fiero, y bendiciendo fervorosamente a Dios, salí del cuerpo de guardia, muy satisfecho de la estratagema empleada. Mi primera intención fue correr al cuarto de Lesbia, no solo para devolverle la carta, sino para prevenirla acerca del gran riesgo que su libertad corría; mas cuando subí, noté que la justicia había invadido su vivienda. Era preciso huir de Palacio, donde corría gran peligro de caer en poder del atroz licenciado, en cuanto este, conferenciando con mi ama, descubriese mis estupendas mentiras. Pies, ¿para qué os quiero? dije, y al punto subí precipitadamente a mi caramanchón, cogí y empaqueté de cualquier modo mi ropa, y sin despedirme de nadie salí del Palacio y del monasterio, resuelto a no detenerme hasta Madrid.
A pesar de mi zozobra, no quise partir sin provisiones, y habiéndome surtido en la plaza del pueblo de lo más necesario, eché a andar, volviendo a cada rato la vista, porque me parecía que el licenciado caminaba detrás de mí. Hasta que no desapareció de mi vista la cúpula y las torres del terrible monasterio no recobré la tranquilidad, y después de dos horas de precipitada marcha, me aparté del camino, y restauré mis fuerzas con pan, queso y uvas, seguro ya de que por el momento las durísimas uñas del representante de la justicia no se clavarían en mis hombros.
En aquel rato de descanso y esparcimiento me reí a mis anchas, recordando las mentiras que había empleado para salvarme; pero no me remordía la conciencia por haberlas desembuchado con tanta largueza, puesto que aquellos embustes, con los cuales no perjudicaba a la honra de nadie, eran la única arma que me defendía contra una persecución tan bárbara como injusta. Los trances difíciles aguzan el ingenio, y en cuanto a mí, puedo decir que antes de encontrarme en el que he referido, jamás hubiera sido capaz de inventar tales desatinos. Bien dicen que las circunstancias hacen al hombre tonto o discreto, aguzando el más rústico entendimiento, u oscureciendo el que se precia de más claro.