—¿Pero Inés?
—Buena: pero figúrate cómo estará la pobrecita con el ajetreo de estos días. No se separa del lado de su madre, y si esto siguiera mucho tiempo, creo que también se llevaría Dios al pobre angelito de mi sobrina.
—Bien le decíamos a la señora doña Juana que no trabajase tanto.
—¿Y qué quieres, hijo mío? —respondió—. Ella mantenía la casa, porque ya ves, todavía no me han dado el curato, ni la capellanía, ni la coadjutoría, ni la ración, ni la beca, ni la congrua que me han prometido, aunque tengo la seguridad de que a más tardar la semana que entra se cumplirán mis deseos. Además, mi poema latino no hay librero que lo quiera imprimir, aunque le den dinero encima, y aquí tienes la situación. No sé qué va a ser de nosotros si mi hermana se muere.
Al decir esto, las quijadas del pobre viejo se descoyuntaron en un bostezo descomunal que me probó la magnitud de su hambre. Semejante espectáculo me oprimía el corazón; pero afortunadamente yo tenía algún dinero de mis ahorros, y además el doblón de Mañara, lo cual me permitía hacer una hombrada. Echándome la mano al bolsillo, dije:
—Señor cura, en celebración de la congrua que ha de recibir su paternidad la semana que entra, le convido a chuletas.
—No tengo gana —respondió haciendo alarde de aquella gentil delicadeza que le caracterizaba—, y además, no quiero que gastes tus ahorros; pero si quieres tú comerlas, que las traigan y aquí te las aderezaremos.
Al instante mandé a una vecina por la carne, y mientras venía, no pudiendo contener mi impaciencia, me interné en busca de Inés. Hallela en la habitación principal, no lejos de la cama de su madre, que dormía profundamente.
—Inesilla, Inesilla de mi corazón —dije corriendo a ella y dándole media docena de abrazos.
Por única respuesta Inés me señaló a la enferma, indicándome que no hiciera ruido.