—Tu madre se pondrá buena —le contesté en voz baja—. ¡Ay, Inesilla, cuánto deseaba verte! Vengo a confesarte que soy un bruto, y que tú tienes más talento que el mismo Salomón.
Inés me miró sonriendo con serena tranquilidad, como si de antemano hubiera sabido que yo vendría a hacer tales confesiones. Mi discreta y pobre amiga estaba muy pálida por los insomnios y el trabajo; pero ¡cuánto más hermosa me pareció que la terrible Amaranta! Todo había cambiado, y el equilibrio de mis facultades estaba restablecido.
—Mira, Inesilla —dije besándola las manos—, acertaste en todas tus profecías. Estoy arrepentido de mi gran necedad, y he tenido la suerte de encontrar pronto el desengaño. Bien dicen que los jóvenes nos dejamos alucinar por sueños y fantasmas. Pero ¡ay! no todos tienen un buen ángel como tú que les enseñe lo que han de hacer.
—¿De modo que ya no le tendremos a usía de capitán general, ni de virrey? —me dijo burlándose de mis locuras.
—No, niñita; no estoy ya por los palacios ni por los uniformes. Si vieras tú qué feas son ciertas cosas cuando se las ve de cerca. El que quiere medrar en los palacios tiene que cometer mil bajezas contrarias al honor, porque yo tengo también mi honor, sí señora... Nada, nada; dejémonos de virreinatos y de bambollas. He sido un alma de cántaro; pero bien dice el señor cura, tu tío, que la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando. Yo me he quemado vivo; pero ¡ay! hija, ¡si vieras cuánto he aprendido! Ya te contaré.
—¿Y ya no vuelves allá?
—No, señora; aquí me quedo, porque tengo un proyecto...
—¿Otro proyecto?
—Sí; pero este te ha de gustar, picarona. Voy a aprender un oficio. A ver cuál te parece mejor. ¿Platero, ebanista, comerciante? Lo que tú quieras. Todo menos el de criado.
—Eso no está mal discurrido.