—Pero detrás de este proyecto está otro mejor —dije gozando de un modo indecible con aquel diálogo—. Sí, hijita; tengo el proyecto de casarme con usted.
La enferma hizo un movimiento, y entonces Inés, atendiendo a su madre, no pudo dar contestación a mis vehementes palabras.
—Yo tengo diez y seis años —continué—, tú quince; de modo que no hay más que hablar. Aprenderé un oficio, en el cual pienso ganar pronto muchísimo dinero, que tú irás guardando para nuestra boda. Verás, verás qué bien vamos a estar. ¿Quieres, sí o no?
—Gabriel —repuso en voz muy baja—, ahora somos muy pobres. Si me quedo huérfana lo seremos mucho más. A mi tío no le darán nunca lo que está esperando hace catorce años. ¿Qué va a ser de nosotros? Tú no ganarás nada hasta que no pase algún tiempo: no pienses, pues, en locuras.
—Pero, tonta, dentro de cuatro años habré yo ganado más de lo que peso. Entonces, para entonces... Mientras tanto, ya nos arreglaremos. Para algo te ha dado Dios ese talento de doctora de la Iglesia que tienes. Ahora conozco que sin ti no valgo nada, ni sirvo para nada.
—Eso después que te reías de mí, cuando te decía: «Gabriel, vas por mal camino.»
—Tenías razón, cordera. ¡Si vieras qué raro es el hombre por dentro, y cómo se equivoca, y cómo ignora hasta lo mismo que le pasa! Cuando salí de aquí creí que no te quería, y como aquella señora me tenía deslumbrado, apenas me acordaba de ti. Pero no: te quería y te quiero más que a mi vida, solo que a veces parece que se le ponen a uno telarañas en los ojos que tenemos por dentro, y no vemos lo mismo que nos pasa en... pues... por dentro. Y al mismo tiempo, queridita, tu carita se me venía a la memoria, cuando, decidido a no ceder a los caprichos de aquella dama endemoniada, pensaba que el hombre debe buscarse una fortuna por medios honrosos.
La enferma llamó a su hija, y nuestro dulce coloquio quedó interrumpido. Pero tras el placer que había experimentado, conferenciando con Inés, Dios me deparó el no menos grato de ver comer las chuletas al padre Celestino, quien a pesar de la gran necesidad que padecía, no las cató sin hacer mil remilgos, para poner a salvo su dignidad y pundonor.
—He almorzado hace un rato, Gabriel —dijo—; pero si te empeñas...
Mientras comía recayó la conversación sobre los asuntos del Escorial, y él, que no ocultaba su afición a Godoy, se expresó de este modo: