—Harán bien en extirpar de raíz la conjuración. Pues no es mala la que tenían armada contra nuestros queridos Reyes y ese dignísimo Príncipe de la Paz, mi paisano y amigo, protector de los menesterosos.

—Pues la opinión general aquí, como en el Real Sitio —le contesté—, es favorable al Príncipe Fernando, y todos acusan a Godoy de haber fraguado esto para desacreditarle.

—¡Pícaros, embusteros, rufianes! —exclamó furioso el clérigo—. ¿Qué saben ellos de eso? Si conocieran, como yo conozco, las intrigas del partido fernandista... Descuiden que ya le contaré todo al señor Príncipe de la Paz cuando vaya a darle las gracias por mi curato, lo cual, según me ha dicho el oficial de la secretaría, no puede pasar de la semana que entra. ¡Ah! Si tu conocieras al canónigo don Juan de Escóiquiz, como le conozco yo... Aquí le tienen por un corderito pascual, y es el bribón más grande que ha vestido sotana en el mundo. ¿Quién sino él se ha opuesto a que me den el curato? Y todo porque en las oposiciones que hicimos en Zaragoza hace treinta y dos años, sobre el tema Utrum helemosinam... no recuerdo lo demás... le dejé bastante corrido. Desde entonces me ha tomado grande ojeriza. Cuando estemos más despacio, Gabrielillo, te contaré las mil infames tretas que ha empleado el arcediano de Alcaraz, para conquistar la voluntad de su discípulo. ¡Ah! yo sé cosas muy gordas. Él es el alma de este negocio; él ha urdido tan indigna trama; él ha estado en tratos con el embajador de Francia, Mr. de Beauharnais, para entregar a Napoleón la mitad de España, con tal que ponga en el Trono al Príncipe heredero, sí señor.

—Pues oiga usted a todo el mundo —respondí—, y verá cómo al Sr. Escóiquiz le ponen por esas nubes, mientras dicen mil picardías del primer Ministro.

—Envidia, chico, envidia. Es que todos le piden colocaciones, destinos y prebendas, y como no los puede dar sino a las personas decentes como yo, de aquí que la mayoría se queja, murmura, y ya ves. ¿Y podrán negar que se le den multitud de cosas buenas, como la protección a la enseñanza, la creación del seminario de caballeros pajes, el fomento de la botánica, las escuelas de agricultura, los jardines de aclimatación, la prohibición de enterrar en los templos, y otras muchas reformas útiles, que aunque criticadas por los ignorantes, ello es que son laudables y así ha de reconocerlo la posteridad? Cuando estemos despacio te contaré otras cosas que te harán variar de opinión, y si no, el tiempo. Yo bien sé que me arrastrarán los madrileños si salgo por ahí diciendo estas cosas; pero amigo... super omnia veritas.

—Pues hablando de otra cosa —le dije—, aquí donde usted me ve, puede que le haya conseguido un servidor el destinillo que pretendía.

—¿Tú? ¿Qué puedes tú? Godoy quiere servirme: sí, él lo hará sin necesidad de recomendaciones. Y a fe, hijo mío, que si no me colocan pronto, y se muere Juana, lo vamos a pasar mal; pero muy mal.

—Pero doña Juana tiene parientes ricos.

—Sí, Mauro Requejo y su hermana Restituta, comerciantes de telas en la calle de la Sal. Ya sabes que son avaros de aquellos de hártate comilón con pasa y media. Jamás han hecho nada por sus parientes. La pobre Inés no tiene que agradecerles ni un pañuelo.

—¡Qué miserables!