¿Conque aceptas, chiquillo, sí o no?
No pude menos de discurrir que sería muy tonto si renunciaba a poseer aquellos dineros, que me venían como anillo al dedo para ofrecer a Inés un auxilio en su tribulación. Sin embargo, me repugnaba el oficio de cómico, y más aún la idea de verme nuevamente entre personas a quienes había cobrado cierta repugnancia. Con todo, después de pesar los inconvenientes y las ventajas, me decidí al fin, y hasta (debo confesarlo) el pícaro demonio de la vanidad intentó de nuevo asaltar mi alma poniendo ante los ojos de mi imaginación la honra, el lustro, el tono que me daría alternando con tanta gente aristocrática en aquellas magníficas salas cuyas alfombras no era dado pisar a todos los mortales. Pero lo que principalmente me indujo a aceptar fue el premio ofrecido, que era para mí una cantidad fabulosa, un sueño de oro.
«La Providencia divina me envía esos dos mil reales que son diez duros, y otros diez, y otros diez, y otros diez, etc... ¡quiá! si no se pueden contar. Buen tonto seré si no los cojo.»
Dejé a mi ama, que al retirarme yo cantaba:
Alons, madamusella,
asamble reunión
a tour de la butella
ferán le rigodón.
Y volví a casa de Inés, a quien participé la riqueza que me aguardaba, prometiendo regalársela. Pasé allí largas horas entristecido por el espectáculo que ofrecía la pobre y enferma doña Juana, cada vez más empeorada. Al salir a la calle, y cuando pasaba junto al gran portal, vi que de un enorme carro sacaban telones pintados y otros aparatos de teatro, los cuales trastos venían, según me dijo el portero, de casa de D. Francisco Goya.
—Dentro de tres o cuatro días —añadió— es la función. Ya es seguro que vendrá la señora duquesa a hacer el papel de Edelmira.