El primer salón, de cuyas paredes las modas nuevas no habían desterrado aún aquellos hermosos tapices, que pasaban de generación a generación, entre los tesoros vinculados, no perdía con tan espléndidas luminarias su grave aspecto; antes bien, las luces, dando extraños reflejos a las armaduras de cuerpo entero que ocupaban los ángulos, visera calada y lanza en mano, como centinelas de acero, parecían imprimir el movimiento y el calor de la vida a los imaginarios cuerpos que se suponían dentro de ellas. Alegres cuadros de toros disipaban la tristeza producida en el ánimo por otros, en cuyo oscuros lienzos habían sido retratados dos siglos antes por Pantoja de la Cruz o por Sánchez Coello, hasta una docena de personajes ceñudos y sombríos, conquistadores de medio mundo.
Con estas joyas del arte nacional contrastaban notoriamente los muebles recién introducidos por el gusto neoclásico de la revolución francesa, y no puedo detenerme a describiros las formas griegas, los grupos mitológicos, las figuras de Hora o de Neira o de Hermes, que relucían sobre los relojes, al pie de los candelabros y en las asas de los vasos de flores sus académicas actitudes. Todos aquellos dioses menores, que jabelgados de oro, renovaban dentro de los palacios los esplendores del viejo Olimpo, no se avenían muy bien con la desenvoltura de los toreros y las majas que el pincel y el telar habían representado con profusión en tapices y cuadros; pero la mayor parte de las personas no paraban mientes en esta inarmonía.
El salón donde estaba el teatro era el más alegre. Goya había pintado habilísimamente el telón y el marco que componían el frontispicio. El Apolo que tocaba no sé si lira o guitarra en el centro del lienzo, era un majo muy garboso, y a su lado nueve manolas lindísimas demostraban en sus atributos y posiciones que el gran artista se había acordado de las musas. Aquel grupo era encantador, pero al mismo tiempo la más aguda y chistosa sátira que echó al mundo con sus mágicos colores D. Francisco Goya; porque hasta el buen Pegaso estaba representado por un poderoso alazán cordobés que, cubierto de arreos comunes, brincaba en segundo término. En el marco menudeaban los amorcillos, copiados con mucho donaire de los pilluelos del Rastro. No era aquella la primera vez que el autor de los Caprichos se burlaba del Parnaso.
Pero dejemos los salones y penetremos entre bastidores, donde el movimiento y la confusión eran tales que no nos podíamos revolver. Se habían dispuesto varios cuartos para que los actores se vistieran: a Máiquez se señaló uno, otro a mi ama, y en el tercero nos vestíamos, sin distinción de sexos, todos los demás representantes venidos del teatro. Lesbia tenía por tocador el mismo de la señora marquesa, y los dos galanes aficionados se vestían en las habitaciones del amo de la casa. Creo que yo fui el primero que se arregló, trocándome de festivo Gabrielillo en el sombrío Pésaro, que es el Yago de la inmortal tragedia. El traje que me pusieron creo que no pertenecía a época alguna de la historia, y era como todos los que usaron los malos cómicos en las pasadas edades. Hubiera servido para hacer de paje; pero con las barbas que me aplicaron a las quijadas, me trasformé de tal modo, que los sastres allí presentes me dieron por el más tétrico y espantable traidor que había salido de sus manos.
Mientras se vestían los demás, di un paseo por el escenario, entreteniéndome en mirar al través de los agujeros del telón la vistosa concurrencia que ya invadía la sala. A quien primero vi fue al joven Mañara, sentado en primera fila junto al telón. Luego advertí que hombres y mujeres dirigieron la vista a la puerta principal, apartándose para dar paso a alguna persona que en aquel momento entraba, y cuya presencia produjo en el alegre concurso general silencio, seguido después de un murmullo de admiración. Una mujer arrogante y hermosísima entró en la sala y avanzaba hacia el centro recibiendo los saludos de amigos y amigas. Vestía de blanco, con uno de aquellos trajes ligeros y ceñidos, que llamaban volúbilis, llevando sobre el pecho una banda de rosas que la moda designaba con el nombre de croissures à la victime. Su peinado, de estilo griego, era el que en la tecnología del arte capilar se llamaba entonces toilette Iphigénie. A su hermosura, a la belleza de su vestido, daba mayor realce la artística profusión de diamantes que encendían mil luces microscópicas en su cabeza y en su seno. ¿Necesitaré decir que era Amaranta?
Viéndola no tardaron en encenderse dentro de mí, en los oscuros centros de la imaginación aquellos fuegos vaporosos y tenues, que se me representan como si una llama alcohólica bailase caracoleando dentro de mi cerebro. Mientras la contemplaba, no traje a la memoria el envilecimiento en que habría caído siguiendo en su servicio. Su hermosura era tan hechicera, tan abrumadora; su actitud tan orgullosamente noble, el imperio de sus miradas tan irresistible y despótico, que valía la pena de doblar por un momento la terrible hoja que yo había leído en el libro de su misterioso carácter. Con tal fijeza la miraba, que parecía clavado tras el telón: mis ojos trataban de buscar el rayo de los suyos, seguían los movimientos de su cabeza, y observándole las facciones y el casi imperceptible modular de sus labios, querían adivinar cuáles eran sus palabras, cuáles sus pensamientos en aquel instante. Dentro de poco se alzaría el telón; en mí se fijarían las miradas de toda aquella brillante muchedumbre y especialmente de Amaranta; atenderían a mis estudiadas palabras; y el desarrollo de la acción en que yo tomaba parte, despertaría sin duda la sensibilidad, el interés, el entusiasmo de tan escogido auditorio. Estos razonamientos fueron el aguijón que acabó de despabilar la adormecida vanidad dentro de mí, y lleno de los más necios humos pensé que hacerse aplaudir de tantas señoras y caballeros era una gloria cuyos rayos debían proyectar clarísima luz sobre la vida entera.
La orquesta, comenzando de improviso la sonata que había de preceder a la representación, hizo llegar al último grado la excitación de mi cerebro. La sangre circulaba velozmente por mis venas, dándome una actividad devoradora; y me ocurrió que tener una casa como aquella, convidar a tantos y tan nobles amigos, recibir, obsequiar a tal conjunto de bellas damas, debía ser la mayor satisfacción concedida al mortal sobre la tierra. Pero la tragedia iba a empezar; el apuntador estaba en la concha, Isidoro había salido de su cuarto, y la misma Lesbia, menos asustada de lo que yo suponía, se preparaba a salir a la escena. Esto me distrajo y ya no sentí sino miedo. Pasaron algunos minutos y se alzó el telón.
La tragedia Otello o el Moro de Venecia era una detestable traducción, que D. Teodoro La Calle había hecho del Otello de Ducis, arreglo muy desgraciado del drama de Shakespeare. A pesar de la inmensa escala descendente que aquella gran obra había recorrido desde la eminente cumbre del poeta inglés hasta la bajísima sima del traductor español, conservaba siempre los elementos dramáticos de su origen, y la impresión que ejercía sobre el público era asombrosa. Supongo que todos ustedes conocerán la tragedia primitiva, y así me costará poco darles a conocer las variantes. Los personajes estaban reducidos a siete. Otelo era el mismo. Los caracteres de Casio y Roderigo habían sido fundidos en una figura de segundo término llamada Loredano, que se presentaba como hijo del Dux. El senador Brabantio era Odalberto y tenía más intervención en la fábula. Desdémona no había cambiado más que de nombre, pues se llamaba Edelmira; Emilia se trocaba en Hermancia, y Yago, el traidor y falso amigo del moro, tenía por nombre Pésaro. La acción estaba muy simplificada, y los recursos escénicos del pañuelo habían desaparecido, sustituyéndolos con una diadema y una carta, que debían pasar de las manos de Edelmira a las de Loredano para que adquiridas luego por Pésaro y presentadas a Otelo, confirmaran la calumnia de aquel. Pero aparte de estas modificaciones y del estilo, y de la expresión y energía de los afectos que desde la obra inglesa a la española ponían tanta distancia como del cielo a la tierra, el drama en su estructura íntima era el mismo, y sus escenas se repartían igualmente en cinco actos. Para abreviar intermedios, Máiquez dispuso que en aquella representación se reuniesen los actos segundo y tercero, y el cuarto con el quinto, de modo que la obra quedó en tres jornadas.
En la segunda escena, después que el Dux recitó algunos versos, me correspondía salir a mí, haciendo en un parlamento no muy largo la relación de los triunfos militares de Otelo. Con voz muy temblorosa dije los primeros versos.
¡Que no hayan sido vuestros mismos ojos