¡Otelo mío! ¡Sí, para ti solo

mi corazón reserva su cariño!

—Déjate de bromas. Estoy celoso, sí, no puedo ocultártelo —exclamó el moro con viva ansiedad.

—¿De quién?

—¿Y me lo preguntas? Piensas que no he visto a ese necio de Mañara, puesto en primera fila, y mirándote como un idiota.

—¿Y no te fundas más que en eso? ¿No tienes otros motivos de sospecha?

—Pues si tuviera otros, desgraciada, ¿estarías con tanta calma delante de mí?

—Poquito a poco, señor Otelo. ¿Sabes que te tengo miedo?

—En el Escorial ese joven se ha jactado públicamente de que le amas —afirmó Isidoro, fijando tan terriblemente sus ojos en el rostro de Lesbia, que parecía querer penetrar hasta el fondo del alma.

—Si te pones así, me marcho más pronto —dijo Lesbia algo desconcertada.