Desde mi escondrijo les veía perfectamente. Máiquez en su traje de Otelo parecía una figura antigua, que animada por misterioso agente, se había desprendido del cuadro en que la grabara con los más calientes colores el pincel veneciano. La tinta oscura con que tenía pintado el rostro fingiendo la tez africana, aumentaba la expresión de sus grandes ojos, la intensidad de su mirada, la blancura de sus dientes, y la elocuencia de sus facciones. Un airoso turbante blanco y rojo, sobre cuya tela se cruzaban filas de engastados diamantes, le cubría la cabeza. Collares de ámbar y de gruesas perlas daban vueltas en su negro cuello y desde los hombros hasta el tobillo le cubría un luengo traje talar de tisú de oro, ceñido a la cintura y abierto por los costados para dejar ver las calzas de púrpura estrechamente ajustadas. Alfanje y daga, ambos con riquísima empuñadura, cuajada de pedrerías pendían del tahalí, y en los brazos desnudos, que imitaban el matiz artificial de la cara con una finísima calza de punto color de mulato, y terminada en guante para disfrazar también la mano, lucían dos gruesas esclavas de bronce en figura de sierpe enroscada. Dábale la luz de frente, haciendo resplandecer las facetas de las mil piedras falsas, y el tornasol del tisú verdadero con que se cubría, y añadidas a estos efectos la animación de su fisonomía, la nobleza de sus movimientos, presentaba el más hermoso aspecto de figura humana que es posible imaginar.
Lesbia vestía de tisú de plata, con tanta elegancia como sencillez, y sus cabellos de oro peinados a la antigua, obedeciendo más bien a la moda coetánea que a la propiedad escénica, se entrelazaban con cintas y rosarios de menudas perlas, no ciertamente falsas como las de Isidoro, sino del más puro y fino oriente. El moro, apretando con sus negras manos las de Lesbia blanquísimas y finas, le dijo:
—Aquí nos podemos hablar un instante.
—Sí, Pepa nos ha dicho que podríamos vernos en su cuarto —repuso ella—: pero esta cita no ha de ser larga, porque la marquesa me espera. Ya sabes que está ahí mi marido.
—¿A qué esa prisa? ¿Por qué no me escribiste desde el Escorial?
—No pude escribir —repuso ella con impaciencia—, pero cuando hablemos despacio te explicaré...
—Ahora, ahora mismo has de contestar a lo que te pregunto.
—No seas tonto. Me prometiste no ser impertinente, curioso, ni pesado —dijo con coquetería.
—Eso es lo mismo que prometer no amar, y yo te amo, Lesbia, te amo demasiado por mi desgracia.
—¿Estás celoso, Otelo? —preguntó la dama, y luego tomando el tono trágico, dijo entre burlas y veras: