—¡Ah! usía se refiere a la carta —dije atusándome los bigotes postizos para disimular mi turbación.
—Supongo que no iría a manos extrañas. Supongo que la guardarías, y que la habrás traído esta noche para devolvérmela.
—No señora, no la he traído; pero la buscaré... es decir...
—¡Cómo! —exclamó con mucha inquietud—, ¿la has perdido?
—No señora... quiero decir. La tengo allí... solo que yo... —fue la única respuesta que se me vino a las mientes.
—Confío en tu discreción y en tu honradez —dijo con mucha seriedad—, y espero la carta.
Sin añadir una palabra más se retiró, dejándome entristecido por el grave compromiso en que me encontraba. Hice propósito de pedir nuevamente a mi ama que me devolviese la carta, y con esta idea la llamé aparte como si fuese a confiarle un secreto, y le supliqué del modo más enfático que me diese aquel malhadado objeto, cuya devolución era para mí un caso de honra. Ella se mostró sorprendida, y luego se echó a reír, diciendo:
—Ya no me acordaba de tu carta. No sé dónde está.
Comenzó el segundo acto, que no me ocupaba más que durante una escena, y concluida esta, me retiré al interior del teatro resuelto a poner en práctica un atrevido pensamiento. Consistía este en hacer una requisa en el cuarto de mi ama, mientras esta se hallase fuera. Cuando la González me quitó la carta, recién venido del Escorial, advertí que la guardó en el bolsillo de su traje. Aquel traje era el mismo que había traído a casa de la marquesa; mas habiéndose mudado para la representación de la tonadilla, se lo quitó, y estaba colgado con otras muchas prendas, tales como mantón, chal, enaguas, etc., en una percha puesta al efecto sobre la pared del fondo. Era preciso registrar aquellas ropas. Mi ama, que dirigía la escena, y era la que indicaba las salidas, disponiéndolo todo, no vendría. Yo había quedado libre por todo el acto segundo. Tenía tiempo y coyuntura a propósito para lograr mi objeto, y semejante acción no me parecía muy vituperable, porque mi fin era recobrar por sorpresa, lo que por sorpresa se me había quitado.
Hícelo así, y con tanta cautela como rapidez registré los bolsillos del traje, de los cuales saqué mil baratijas, aunque no lo que tan afanosamente buscaba. Ya había perdido la esperanza de conseguir mi objeto, y casi estaba dispuesto a creer que la carta no volvía a mis manos por hallarse demasiado guardada o quizás rota y perdida, cuando sentí acelerados pasos que se acercaban al cuarto. Temiendo que ella me sorprendiera en tan fea ocupación, y no siéndome posible escapar, me oculté bajo la percha y tras los vestidos, cuyas faldas me ofrecían el más seguro escondite. Casi en el mismo instante entraron Lesbia e Isidoro. Aquella cerró la puerta y ambos se sentaron.