—No me convences, no: yo tengo indicios, tengo noticias de que tú amas a ese hombre. ¡Oh! si mis sospechas se confirmaran... ¿Crees que no he advertido el embobamiento con que atiende a tu declamación?

—Procuraré entonces hacerlo mal para no conmover al público.

—No, no intentes disculparte ni disimular. ¿Por qué aseguras que no te fijas en él, si yo mismo, durante la escena del Senado, te he sorprendido mirándole, y aun me parece que le hiciste alguna seña?

—¿Yo? ¡estás loco! ¡Ah! no sabes. Mi marido, que dejó sus cacerías para asistir a esta representación, está ahí esta noche, y la pérfida Amaranta, sentada a su lado, le habla con mucho interés. Si me ves que miro al público es porque me inspiran mucha inquietud los coloquios del duque con Amaranta. Temo que esta le haya dirigido también algún anónimo. Su frialdad y ademán sombrío me indican que también sospecha.

—¿Lo ves...? Y con motivo fundado.

—Sí; porque sospecha de ti.

—No... no —exclamó Isidoro—. No trastornes la cuestión. Tú amas a Mañara; con todos tus artificios no puedes arrancar esta sospecha de mi ardiente cerebro. ¡Y ese necio está ahí, gozándose en los aplausos que te prodigan, que adulan su amor propio porque se siente amado de la gloriosa artista! ¡No, no quiero que representes más! ¡Cuando contemplo desde arriba el entusiasmo de tus admiradores; cuando les veo con los ojos fijos en ti, participando de la pasión que indican tus palabras, saltaría del escenario para cerrarles a golpes los ojos con que te miran!

—Me haces estremecer —dijo Lesbia—. No eres Isidoro, eres Otelo en persona. Sosiégate, por Dios. Harto sabes lo mucho que te amo. ¿A qué me mortificas con celos ilusorios?

—Disípalos tú.

—¿Cómo, si ninguna razón te convence? Tu violento carácter ha de traerme algún compromiso. Modérate, por Dios, y no seas loco.