—Lo haré si me amas. Tú no sabes quién soy. Isidoro no consiente rivales ni en la escena, ni fuera de ella. De Isidoro no se ha burlado hasta ahora ninguna mujer, ni menos ningún hombre. Entiéndelo bien.

—Sí, señor mío, estoy en ello —contestó Lesbia en tono jovial y levantándose para retirarse—. Pero aunque esta conversación me agrada mucho, tengo que irme. ¿Sabes que te tengo miedo?

—Quizás con razón. ¿Pero te vas tan pronto? —dijo el moro intentando detenerla aún.

—Sí; me voy —repuso Lesbia—. Ya ha concluido la tonadilla, y pronto empezará el tercer acto.

Y ligera como una corza se marchó. En aquel instante se oyeron los aplausos con que era saludada mi ama al acabar la tonadilla, y poco después entró en su cuarto radiante de júbilo, con el rostro encendido por la emoción, y tan sofocada que al punto dio con su cuerpo en un sofá.

XXIV

—¡Oh, Isidoro! ¿Por qué no has ido a oírme? —exclamó con entrecortadas palabras—. Aseguran que lo he hecho muy bien. ¡Cuánto me han aplaudido!

—¿Quieres dejarte de simplezas? —dijo Isidoro de muy mal talante.

—Y a propósito: dicen que Lesbia hace la Edelmira mejor que yo. ¡Lo que puede la hermosura! Con su buen palmito trae sin seso a todos los hombres que hay en la sala. Sobre todo, ahí está uno que no le quita la vista de encima, y parece...

—¡Quieres callar! —exclamó bruscamente el moro.