—¿Amas verdaderamente a Lesbia?

—Sí, por mi desgracia; esta pasión no es de aquellas pasajeras y superficiales, que pasan satisfaciendo el afán de un día. Esa mujer ha tenido el arte de ahondar en mi corazón de tal modo, que hoy empiezo a reconocer en mí el embrutecimiento que acompaña a los amores exaltados. Sin duda su coquetería, su frivolidad, los mil artificios de su voluble y alegre carácter han realizado en mí este trastorno, y para acabarme de confundir, los celos, la desconfianza y el temor de ser ridículamente suplantado por otro, agitan mi alma de tal modo, que no respondo de lo que podrá pasar.

—¡Hola, hola! señor Otelo, ¿esas tenemos? —dijo mi ama festivamente—. ¿A quién va usted a matar?

—No te rías, loca —continuó el moro—. ¿Has visto en el salón a ese miserable Mañara?

—Sí, ocupa un sillón de primera fila, y no quita los ojos de la señora Edelmira. Verdaderamente, chico, y sin que esto sea confirmar tus sospechas, a todos los que están en el teatro ha llamado la atención el exagerado entusiasmo de ese joven, y más de cuatro han sorprendido las señas que hace a Lesbia durante la comedia. Y además... yo no lo he visto; pero me han dicho que...

—¿Qué te han dicho?

—Que la duquesa le mira mucho también, y que parece representar solo para él, pues todas las frases notables del drama las dice volviéndose hacia el tal joven, como si quisiera arrojarse en sus brazos.

—¡Oh! Es cierto. ¡Ves! —exclamó Isidoro bramando de furor—. ¡Y se reirán todos de mí! y ese vil currutaco... ¡Ah! Pepa... quiero descubrir fijamente lo que hay en esto... quiero acabar de una vez estas terribles dudas... Quiero desenmascarar a esa infame, y si me engaña, si ha sido capaz de preferir al amor de un hombre como yo a los necios galanteos de ese vil y despreciable mozuelo... ¡ah! Pepa, Pepa, mi venganza será terrible. Tú me ayudarás en ella; ¿no es verdad que me ayudarás? Tú me lo debes todo, yo te saqué de la miseria, tú no puedes negar a Isidoro la ayuda de tu ingenio para este fin, y proporcionándome placer tan inefable, quedarás descargada de la inmensa deuda de gratitud que tienes conmigo.

Al decir esto, Isidoro se había levantado y daba vueltas en la pequeña habitación como un león enjaulado, pronunciando con trémulo labio palabras rencorosas. Lo raro fue que mi ama, ya porque tal fuera el estado de su espíritu, ya porque creyera oportuno fingir en aquellos momentos, lejos de amedrentarse al ver la ira de su amigo y maestro, contestó con risas a sus ardientes palabras.

—Te ríes —dijo Máiquez deteniéndose ante ella—. Haces bien: ha llegado el momento de que hasta los metesillas del teatro se rían de Isidoro. Tú no comprendes esto, chiquilla —añadió sentándose de nuevo—. Tú no tienes vehemencia ni fogosidad en tus sentimientos. En esto te admiro, y quisiera imitarte, porque yo sé muy bien que en las inclinaciones que hasta ahora se te han conocido, has jugado con el amor, tomándolo como un pasatiempo divertido que entretiene a uno mismo y hace rabiar a los demás; pero hasta ahora, y Dios te libre de ello, no conoces el amor que ocasiona las mortificaciones propias, mientras los demás se ríen a costa nuestra.