—¡Qué orgulloso eres! —contestó seriamente la González—. Hasta en esto quieres saber más que todos.
—Pues si amas de veras, guárdate de enamorarte de esos usías presumidos y orgullosos, que vendrán a ti para satisfacer su vanidad. Ellos no te amarán con noble y desinteresado amor.
—No creo que jamás pueda amar sino al que siendo igual a mí, no se avergüence de tenerme por compañero.
—¡Oh, qué buen sentido, Pepilla! ¿Dónde has aprendido eso? Pero te aconsejo también que no ames a ningún hombre de teatro, si no quieres tener rabiosos celos de todo el público femenino. ¿Sabes tú lo que es eso?
—Harto lo sé.
—De modo que tu amor aún está dentro del teatro. Eso sí que es una desgracia. Tu suerte consistirá en que el galán será de esos que, por falta de genio, no excitan nunca la arrebatada admiración de las bellas de la platea. Serás feliz, Pepilla; si quieres casarte, cuenta con mi protección.
—Estoy muy lejos de aspirar a eso.
—¿Ese bruto será capaz de no amarte? ¿Acaso vale más que tú?
—Muchísimo más —dijo la González aparentando con grandes esfuerzos la serenidad que no tenía.
—Apuesto a que es algún tenor de la compañía de Manolo García. Déjalo por mi cuenta. Si es cierto lo que supongo, si ese loco no te corresponde, y prefiere a tu sencillo cariño el falso amor de alguna damisela de estas que arrastran su púrpura por entre los bastidores del teatro, sabrás lo que son celos.