—Demasiado lo sé y demasiado padezco, Isidoro —dijo mi ama con tono de cariñosa confianza—; pero yo tengo una ventaja sobre ti, que no poseyendo aún la certeza de tu desgracia, ignoras qué partido tomar; yo conozco ya sin género de duda que no soy amada, y las circunstancias se han ordenado de tal modo que me presentan ocasión de tomar venganza.

—¡Oh!, Pepa, estás desconocida. No te creí capaz... —indicó Isidoro con energía—. Tú tomarás venganza. Descuida, te ayudaré, si tú me ayudas a mí en la averiguación y en el castigo de las infamias de Lesbia. Pero dime, chiquilla, dime quién es ese hombre. Sé franca conmigo: yo soy tu mejor amigo.

—Te lo diré más tarde, Isidoro. Por ahora me he propuesto guardar secreto.

—Tú vales mucho, Pepilla —añadió el cómico con acento reflexivo—. No esperaba encontrar en ti un eco tan fiel de lo que en mí está pasando. ¡Y ese miserable te desprecia por otra, ignorando las bondades de tu fiel corazón! Dime quién es. ¿Será el mismo Manuel García? Por supuesto chiquilla, ya sabrás cuánto padece la dignidad, el amor propio, al ver que otra persona posee el afecto que nos pertenece. Te mortificará horriblemente la idea de la triste figura que harás ante el mundo, el pensamiento de los comentarios que hará sobre tu ridícula posición el envidioso vulgo, y al considerar que tú, la persona acostumbrada a rendir a tus pies los corazones, se ve menospreciada por uno solo, rabiará tu orgullo herido y llorarás en silencio viéndote más baja de lo que creías.

—En esto —contestó mi ama con patética voz— no nos parecemos. Tú estás frenético de celos; pero antes que al desaire de que ha sido objeto tu corazón, atiendes a lo que sufre tu dignidad, la dignidad del gran Isidoro, que siempre desprecia sin ser nunca despreciado; te enfureces al considerar que se ríen de ti los envidiosos, y esas terribles voces de venganza no las pronuncia tu amor sino tu orgullo. Yo no soy así: amo el secreto; y si triunfara, gustaría de tener oculta mi felicidad: nada me importaría que el hombre a quien amo aparentara galantear a todas las mujeres de la tierra, con tal que en realidad a ninguna amase más que a mí.

—Eres singular, Pepilla, y me estás descubriendo tesoros de bondad que no sospechaba existiesen en tu corazón.

—Yo —continuó mi ama conmovida— no vivo más que para él, y los demás me importan poco. Contigo debo ser franca y decírtelo todo, menos su nombre que nadie debe saber. Yo no sé cómo ni cuándo empezó mi funesto amor, y me parece que nací con esta viva inclinación, más dominadora cuanto más intento sofocarla. Por él sacrificaría gustosa mi vida. Tú quizás no comprendas esto; ni menos que yo sacrifique mi reputación de artista, el aprecio y la admiración de la multitud. ¿Qué importa todo eso? Se ama a la persona por la persona y no por la vanidad de poseerla.

—El que te ha inspirado tan noble cariño, sin corresponder a él —dijo Isidoro con brío—, es un miserable que merece arrastrar su existencia despreciado de todo el mundo. ¿No puedo saber tampoco quién es la mujer preferida?

—Tampoco debes saberlo —repuso mi ama; y después, no pudiendo contener el llanto, exclamó así—: Yo no soy cruel; yo no deseaba una venganza que puede ser muy terrible; pero se me ha venido a las manos y he de llevarla adelante.

—Haces bien —dijo Isidoro recreándose con pensamientos de exterminio—. Véngate: yo también me vengaré. Nos ayudaremos el uno al otro. ¿Puedo servirte de algo?