—Ya tiemblas de gozo al pensar en tu venganza —dijo mi ama—. Lo mismo me pasa a mí; pero con más motivo, porque la mía está más cercana.
—¿Puedo confiar en ti? ¿Me pondrás al corriente de todo cuanto veas?
—Puedes estar tranquilo, Isidoro. Tú no me conoces bien: en esta ocasión sabrás lo que soy.
—¿Y tú que crees? —preguntó el moro con interés—. ¿Crees que tengo razón? ¿Lesbia amará a ese hombre?
—Sí; creo que te engaña del modo más miserable; creo que todos los que asisten a la representación se ríen de ti esta noche y el afortunado amante no cabe en sí de satisfacción y orgullo.
—¡Rayos y centellas! —dijo Máiquez con más furia—. Le escupiré la cara desde el escenario. ¡Oh! Pepilla: yo admiro y envidio tu tranquilidad. No desees nunca parecerte a mí; ojalá no sepas nunca lo que son estas culebras de fuego que se enroscan dentro de mi pecho y desparraman por mis arterias su veneno. ¡Oh, qué gran talento tuvo ese poeta inglés que inventó el Otelo! ¡Qué bien pintó la rabia del celoso, la horrible fruición con que se recrea, pensando que ha de poner el cuerpo inanimado y sangriento de su rival ante los ojos que le cautivaron! ¡Qué razón tuvo al suponer el corazón de la mujer antro de maldades y perfidias; qué bien se comprende la espantosa determinación del moro, y el terrible placer de su alma, al considerarse sepultando el cuchillo en los miembros palpitantes de quien le ofendió, y arrastrar después su infame cadáver!
—¿Qué cadáver, Isidoro? ¿El de él o el de ella? —preguntó mi ama con frialdad.
—El de los dos —contestó Otelo cerrando los puños—. ¿Conque dices que se ríen de mí? ¡Y lo saben todos, y me observan, y estoy sirviendo de espectáculo a ese miserable zascandil! De modo que Isidoro es el hazme reír de las gentes, y tendrá que ocultarse y huir para evitar las burlas de los envidiosos, y ya ninguna mujer se dignará mirarle a la cara. Pero tú si sabías esto que pasa, ¿por qué no me lo dijiste? ¡Eres tonta sin duda! ¡Oh! no tengo amigos verdaderos... nadie se interesa por mi honor ni por mi decoro. ¡Estoy solo!... pero solo ¡vive Dios! sabré volver al lugar que me corresponde.
Diciendo esto, se levantó con resuelto ademán. En aquel momento sonaron algunos golpes en la puerta: era la señal que llamaba a todos los actores para empezar el tercer acto. Máiquez iba a salir; pero al dar los primeros pasos un objeto cayó de su cintura al suelo. Era la daga con puño de metal y hoja de madera plateada: Pepa durante la conversación había estado jugando con la larga cadena que la sostenía y esta se rompió.
—Se ha saltado un eslabón —dijo mi ama recogiendo el arma—: yo te la compondré enseguida atándola fuertemente.