de un infortunio grande escuchar puedes?
—Hombre soy.
—respondió con calma.
Continuó el diálogo, y parecía que Isidoro recobraba todo su genio, pues los versos, inspirados por el recelo y la ansiedad le salían del fondo del alma. Cuando dijo:
¡Infiel! ¡La prueba necesito!
¡Conque dámela luego!
me apretó tan fuertemente la muñeca y sus rabiosos ojos me miraron con tanta furia, que perdí la serenidad, y por un instante los versos que seguían a aquella demanda, huyeron de mi memoria. Pero no tardé en reponerme: le di la diadema, y poco después la carta.
Mas en el momento en que vi en sus manos el fatal papel, un súbito estremecimiento sacudió todo mi ser, y me quedé mudo de espanto. En el color y en los dobleces del papel, en la forma de la letra, que distinguí claramente cuando él fijó en ella la vista, reconocí la carta que Lesbia me había dado en el Escorial para Mañara, y que después mi ama sustrajo de mis ropas al llegar a Madrid.
Otelo debía leer en voz alta la carta, que según el drama decía:
«Padre mío: conozco la sinrazón con que os he ultrajado. Vos solo tenéis derecho de disponer de vuestra hija, —Edelmira.»