Pero el pliego que la pícara Pepa había hecho llegar a sus manos, decía:

«Amado Juan: Te perdono la ofensa y los desaires que me has hecho; pero si quieres que crea en tu arrepentimiento, pruébamelo viniendo a cenar conmigo esta noche en mi cuarto, donde acabaré de disipar tus infundados celos, haciéndote comprender que no he amado nunca, ni puedo amar a Isidoro, ese salvaje y presumido comiquillo, a quien solo he hablado alguna vez deseando divertirme con su necia pasión. No faltes, si no quieres enfadar a tu —Lesbia.—P.D. No temas que te prendan. Primero prenderán al Rey.»

Ocurrió una cosa singular. Isidoro leyó el papel en silencio; sus labios secos y lívidos temblaron, y como si aún creyera que era ilusión lo que veía, lo leyó y releyó de nuevo, mientras el público, ignorando la causa de aquel silencio, mostró su asombro en un sordo murmullo. Isidoro al fin alzó la vista, se pasó las manos por la frente; parecía despertar de un sueño; balbuceó algunas voces terribles, cerró los ojos, como tratando de serenarse y reanudar su papel; dio algunos pasos hacia el público y retrocedió luego. Los rumores aumentaron: el apuntador le llamó repitiendo con fuerza los versos, hasta que al fin Isidoro se estremeció todo, su semblante se encendió vivamente, cerró los puños, agitó los brazos, golpeó el suelo, y declamó los terribles versos siguientes:

Mira: ves el papel, ves la diadema;

pues yo quiero empaparlos, sumergirlos,

en la sangre infeliz y detestable,

en esa sangre impura que abomino.

¿Concibes mi placer, cuando yo vea

sobre el cadáver, pálido, marchito,

de ese rival traidor, de ese tirano,