su hermosura estas lúgubres antorchas!
un rumor confuso surgió del apiñado auditorio; lloraban casi todas las mujeres, y los hombros se esforzaban en sostener el decoro de la insensibilidad. Otelo acerca su rostro al de Edelmira, y dice con extasiado amor:
¡Con qué pureza respirar la siento!
¿Qué poderoso hechizo es el que arrastra
mi persona a la suya con tal fuerza?
Edelmira despierta con sobresalto. Otelo disimula al principio; mas luego no oculta el objeto que le trae, y Edelmira, aterrada y confusa, jura que es inocente. Nada convence al terrible moro, que mudando de improviso la expresión de su fisonomía, exclama con ferocidad y descompuestos ademanes:
Mírame, ¿me conoces... me conoces...?
El auditorio se estremeció de terror. Algunas señoras se desmayaron, y oyéronse voces acongojadas que decían: «Piedad, piedad para Edelmira... es inocente... ese infame Pésaro tiene la culpa... que traigan a Pésaro.»
Isidoro sacó el papel y lo mostró con fiero ademán a Lesbia, quien lanzó un grito terrible, sin decir los versos que correspondían en aquel momento. Otelo se acercó más a Edelmira, y Edelmira hizo un movimiento para saltar del lecho. Se le habían olvidado los versos; pero al fin, dominando un poco su turbación recordó algo, y el diálogo siguió así:
Edelmira.