¿Y qué quieres decirme?

Otelo.

Preparaos.

Edelmira.

¿Pero a qué?

Otelo.

Este acero os lo señala.

Diciendo esto, Isidoro desenvainó la daga; en lugar de la hoja de madera plateada, vimos brillar en su mano una reluciente hoja de acero. La conmoción fue general entre bastidores. Lanzose Edelmira del lecho con precipitación y azoramiento, y recorrió la escena gritando como una loca:

—¡Favor, favor... que me mata!... ¡Al asesino!

No puedo pintaros lo que fue aquel momento en la escena y fuera de ella. Los espectadores de primera fila trataron de subir al escenario en el momento en que Lesbia perseguida por Isidoro fue asida por el vigoroso brazo de este. En el mismo instante, no pudiendo contenerme, me abalancé hacia la dama como impulsado por un resorte, y abraceme estrechamente a ella. El puñal de Isidoro se levantó sobre mí. La presencia inesperada de una víctima extraña hizo sin duda que el moro volviera en sí de su furiosa obcecación; conmoviose todo, pareció que un velo se descorría ante sus ojos, arrojó el puñal, quiso recobrar su aplomo, pronunció algún verso tremendo clavando sus manos en mí, como si yo fuera Edelmira; esta, desprendiéndose de mis brazos, cayó al suelo desmayada, y al punto nos vimos rodeados de multitud de personas. Todo esto pasó en unos cuantos segundos.