—Es verdad —repuso Moratín—. Pero cuando volvió de París vino muy corregido, y no puede negarse que es un actor de gran mérito. En lo patético no tiene igual; en lo trágico suele carecer de fuego: pero esta noche lo ha tenido con exceso.
—Le he tratado bastante —dijo un tercero—. Es hombre de pasiones enérgicas. Como actor consumado, comprende bien que el arte es una ficción, y representando no deja nunca de ser comedido y decoroso. Esta noche, sin embargo, le hemos visto tal cual es.
Otro personaje se acercó al grupo.
—¿Qué le ha parecido a usted, señor duque, el desenlace de la tragedia? —le preguntó Arriaza.
—¡Magnífico! Esto se llama representar —contestó el marido de Lesbia—. Parecía aquello la misma realidad. Pero no consentiré que mi esposa salga otra vez a la escena. Representa demasiado bien y entusiasma y trastorna a los actores que la acompañan.
Un abanico tocó el hombro del señor duque: volviose este, y Amaranta entró en el corrillo. Todos la saludaron, disputándose a porfía el honor de dirigirle la palabra. Ella habló así:
—Bien dije a usted, señor duque, que no había nada que temer. Un exceso de inspiración dramática y nada más.
—El exceso es malo en todo: yo creí que la duquesa iba a perecer a manos de Isidoro por un exceso de inspiración.
—Además —dijo Amaranta—, quizás alguna causa que no conocemos...
Al decir esto pareció que los pies de la hermosa dama habían tocado algún objeto arrojado en el escenario. Apartose ella vivamente, apartáronse todos, y las faldas de Amaranta, al deslizarse sobre el piso, dejaron ver un papel arrugado. Como si aquel papel fuera un tesoro de inestimable precio, Amaranta bajose a cogerlo, y después de mirarlo rápidamente lo guardó en su bolsillo. Era la carta fatal, como diría un novelista.