—¿Alguna causa que no conocemos?... —preguntó el duque continuando la conversación interrumpida.

—Sí —contestó la dama—; y me parece que puedo sacarle a usted de dudas... Pero tengo que ir al cuarto de la González. Allí le aguardo a usted y hablaremos.

Quedaron solos los hombres otra vez. La marquesa atravesó la escena preguntando por Isidoro.

—¿Será posible —decía— que no pueda representarse La venganza del Zurdillo? ¡Pepa!... ¿Pero dónde está Pepa?

Esta pregunta se dirigió a mí, y al instante marché en busca de mi ama. No estaba en su cuarto, y sí en el de Máiquez, quien una vez pasada la excitación del terrible momento, se esforzaba en aparecer tranquilo y hasta risueño, aunque era fácil conocer que la rabia no se había extinguido en su pecho.

—¡Qué broma tan pesada, Isidoro! —dijo la marquesa asomándose a la puerta—. Aún no me he recobrado del susto.

—Es verdad, señora —dijo el actor—; pero la señora duquesa tiene la culpa, por la perfección con que ha hecho su papel. Su incomparable talento tuvo el don, no solo de trasportarla a ella, sino de trasportarme a mí mismo a la esfera de la realidad. Jamás me ha pasado cosa igual desde que piso las tablas. Un actor inglés, representando en cierta ocasión a Otelo, mató a la cómica que hacía de Desdémona. Esto me parecía inverosímil; pero ahora comprendo que puede ser verdad.

—¿No se suspenderá La venganza del Zurdillo?

—Por ningún caso. Hace falta reír un poco, señora marquesa.

Retirose esta y después que salieron algunos amigos de Máiquez, que le acompañaban, el actor quedó solo con mi ama y conmigo.