—Tales ideas no son propias de ti. Tiempo tienes, cuando seas mayor, de tener todo el honor que quieras. Cada vez te encuentro más propio para desempeñar a mi lado los empleos de que te hablé. Me parece que has empezado bien el curso en la universidad del mundo; y o mucho me engaño, o te bastarán pocas lecciones más para ser maestro.
—Creo que usía no se equivoca —respondí—, y en cuanto a las lecciones que usía me ha dado, me parece que han sido de provecho.
—¿Y no renuncias a tus proyectos de ser... como decías?... —me preguntó irónicamente.
—No señora, sigo en mis trece —contesté sin turbarme—, y a lo mejor va a tener usía el gusto de verme de príncipe o tal vez de rey en cualquier reino que las damas de la corte sacarán para mí. Si no hay más que ponerse a ello, como dice Inesilla.
—Pero di, chiquillo: ¿de veras creíste tú que ya te estaban labrando la espada de general o la corona de duque?
—Como esta es noche. Y usía, que se me figuraba una divinidad bajada del cielo para favorecerme, acabó de trastornarme el juicio, enseñándome lo que debía hacer para echarme a cuestas el manto regio o cuando menos para ponerme los galones de capitán general.
—Parece que te burlas; ¿qué quieres decir?
—Digo que desde que usía me dijo que el camino de la fortuna estaba en escuchar tras de los tapices, y llevar y traer chismes de cámara en cámara, se han arreglado las cosas de tal modo, que sin querer estoy descubriendo secretos, y aunque quiero taparme las orejas, las picaronas se empeñan en oír...
—¡Ah! tú quieres revelarme algo que has oído —dijo Amaranta con complacencia—. Siéntate y habla.
—Lo haré de buena gana, si usía me devuelve la carta de la señora duquesa.