—Eso no lo pienses.
—Pues entonces callaré como un marmolejo. En cambio contaré una historia parecida a la que usía me refirió, aunque no es tan bonita. No la he leído en ningún libro viejo, sino que la oí... Estas condenadas orejas mías...
—Pues empieza —dijo la condesa con alguna perplejidad.
—Hace quince años había en Madrid una damita muy guapa, muy guapa, que se llamaba... no me acuerdo de su nombre. Esto no pasaba en ningún reino apartado ni antiguo, sino en Madrid, y no se trata de sultanes ni de grandes ni pequeños visires, sino de una damita muy linda, la cual damita se enamoró de un joven de buena familia que vino a la corte a buscar fortuna. Parece que los padres se oponían; pero la damita amaba ciegamente al joven; y como todo lo vence el amor, entre este y el Demonio proporcionaron a los dos jóvenes entrevistas secretas que...
Amaranta se puso pálida, y su mismo asombro la tenía muda.
—Pues es el caso que la damita dio a luz una criatura —continuó.
—No estoy aquí para oír necedades —dijo Amaranta dominando su ira.
—Pronto concluyo. Dio a luz una criaturita: huyó el joven a Francia temiendo ser perseguido, y los padres de la damita se dieron tan buena maña para echar tierra a aquel negocio, que nada se supo en la corte. La damita se casó después con el conde de no sé cuántos, y... nada más.
—Veo que eres rematadamente necio. No quiero oír más tus simplezas —dijo la dama, cuyo semblante se cubría de vivísimo carmín.
—Aún falta un poquito. Más tarde lo descubrieron algunas personas, y hablaron de esto en sitio donde yo lo oí; pero como soy tan curioso, y ahora ando amaestrándome en los chismes y enredos para ver si llego a general o a príncipe, no me contento con aquellas noticias, y voy a que me dé más una mujer que vive a orillas del Manzanares, junto a la casa de D. Francisco Goya.