—¡Oh! —exclamó Amaranta furiosa—. Sal de aquí, desvergonzado mozalbete. ¿Qué me importan tus ridículas historias?
—Y como estas historias no tienen valor hasta que no se traen de aquí para ahí, pienso comunicárselas a la señora marquesa, para que me ayude en mis pesquisas. ¿No cree usía, señora condesa, que esta es una excelente idea?
—Veo que sabes manejar la calumnia y las bajas y miserables intrigas. Supongo quién habrá sido tu maestro. Vete, Gabriel; me repugnas.
—Me iré y callaré; pero es preciso que usía me vuelva la carta.
—Miserable rapaz: ¡quieres burlarte de mí, quieres medir conmigo tus indignas armas! —exclamó levantándose de su asiento.
Su actitud decidida me turbó un poco; mas hice esfuerzos por reponerme, y continué:
—Para hacer fortuna no hay medio mejor que el espionaje y la intriguilla: el que posee secretos graves lo tiene todo, y ahora salimos con que voy a conseguir dos mitras, ocho canonjías, veinte bastones de coronel, cien capellanías, y mil plazas de contaduría para todos mis amigos.
—Déjame, no quiero verte. ¿Has oído?
—Pero antes me dará usía la carta. Si no, he de llevar un recado a la señora marquesa, o al señor diplomático, que como hombre reservado no lo dirá a alma viviente.
—¡Ah! imbécil, cuánto te desprecio —dijo revolviendo en su bolsillo con febril inquietud—. Toma, toma la carta, vete con ella, y jamás vuelvas a ponerte delante de mí.