Diciendo esto arrojó en el suelo la carta que recogió un servidor de ustedes.

Después sentándose de nuevo, volvió hacia mí su rostro siempre bello, y me dijo:

—¿Quién te ha enseñado esas travesuras? Eres un necio.

—De los necios se hacen los discretos —contesté—. Dando con un buen maestro... Si usía no me hubiera despabilado tanto... Oyendo y viendo se aprende mucho, señora; y yo, desde que entré al servicio de usía hasta hoy, no he desperdiciado el tiempo. Bien haya quien me ha abierto los ojitos que ven y las orejitas que oyen. Para ser discreto es preciso haber sido tonto.

Cuando pronuncié esta extraña sentencia, Amaranta echó sobre mí una mirada de orgulloso desdén, y señalome la puerta. ¡Ay! estaba hermosa, hermosa como nunca. Su noble ademán, sus mejillas teñidas de leve púrpura, el incendio de sus ojos, la agitación de su seno encantaban la vista, y no era posible aborrecerla. Indudablemente, señores, el mal es a veces lindísimo.

Ya me marchaba, cuando entró el señor duque acompañado del diplomático.

—Aquí estoy, Amaranta —dijo el primero—. Me habló usted de causas que no conocemos...

—No le hagas caso, sobrina —exclamó el marqués—. ¿Pues no ha dado en la flor de estar celoso? Y dice que en el caso de Otelo él haría lo mismo.

—Sí —dijo el duque—. Si yo sospechara de mi mujer la mataría.

—No me refería a nada que no fuese algún motivo artístico —indicó secamente Amaranta.