—No consiento que mi mujer salga más a las tablas en compañía de ese bárbaro Otelo. La pobrecita debe haber padecido mucho. Pero veo que en mi ausencia han ocurrido grandes novedades. Parece que también han querido ponerla presa. ¡Pobre cordera mía! ¿Cómo es posible que haya dado motivos para eso...? Si es la bondad, si es la dulzura en persona.

—Son tantos los que han incluido en la causa... —dijo Amaranta—. Pero por mediación mía se la puso al instante en libertad.

—¡Oh! Gracias, querida condesa. Verdad es que Lesbia es amiga de usted desde la infancia, y entre amigas... ¿Y no se la molestará más?

—No —dijo el diplomático—. Felizmente puede arrancarse de la causa todo lo que conviene, ¿no es verdad, sobrina?

—Sí; precisamente se ha hecho eso con todo lo que se refiere al Príncipe, porque como ha confesado y hecho acto de contrición de todas sus faltas... Los jueces tienen buena mano, y suprimirán todo lo que se quiera, dejando la causa tal como convenga presentarla al público.

—Eso está muy bien dispuesto —afirmó el diplomático—, y prueba que hay tacto en el Gobierno. ¿Y Napoleón?

—Napoleón ha exigido que no se le nombre para nada, y por esto ha sido preciso eliminar también cuanto a él se refiere. Aunque consta que el Príncipe le escribió y tuvo tratos con su embajador, los jueces se comerán todas las declaraciones y documentos en que esto se vea, para que Bonaparte quede contento.

—Bien, bien, eso me tranquiliza —afirmó el diplomático con mucho énfasis—, y así lo pondré en conocimiento del Príncipe Borghese, del Príncipe Piombino, de S. A. el gran duque de Aremberg. Por supuesto, os encargo que no digáis a nadie mis propósitos; ¿lo oyes, Amaranta? ¿Lo oye usted, señor duque? ¡Ah! al duque no se le puede confiar un secreto. Todo lo dice.

—¿Qué? —preguntó Amaranta.

—Por más que me empeño en que la más absoluta reserva sirva de impenetrable velo a lo que ocurre entre la González y yo...