—Eso será lo que Dios quiera —respondí—. Caeremos o no, pues aunque ignorantes, no nos faltará nuestra gramática parda.

—¡Qué necio eres! Mira: a mí me han dicho... no, nadie me lo ha dicho: pero lo sé... que en el mundo al fin y al cabo, pasa siempre lo que debe pasar.

—Reinita —dije—, en eso te equivocas, porque nosotros deberíamos ser ricos, y no lo somos.

—Todos creerán lo mismo, hijito, y es preciso que alguno esté equivocado. Pues bien: todas las cosas del mundo concluyen siempre como deben concluir. No sé si me explico.

—Sí, te entiendo.

—A mí me han dicho... no, no me lo han dicho: lo sé desde hace mil años...: yo sé que en el mundo todo lo que pasa es según la ley..., porque chiquillo, las cosas no pasan porque a ellas les da la gana, sino porque así está dispuesto. Las aves vuelan y los gusanos se arrastran, y las piedras se están quietas, y el sol alumbra, y las flores huelen, y los ríos corren hacia abajo y el humo hacia arriba, porque así es su regla... ¿me entiendes?

—Lo que es eso todos lo sabemos —respondí menospreciando la ciencia de Inesilla.

—Bien, muchacho —continuó la profesora—: ¿crees tú que una tortuga puede volar, aunque esté meneando toda la vida sus torpes patas?

—No, seguramente.

—Pues tú pensando en ser hombre ilustre y poderoso, sin ser noble, ni rico, ni sabio, eres como una tortuga que se empeñara en subir volando al pico más alto de Guadarrama.