—Pero, reinita y emperatriz —dije yo—, si no pienso subir solo, sino que pienso encontrar, como otros que yo me sé, una personita que me suba en un periquete. Hazme el favor de decirme cuál era la sabiduría y la riqueza del otro, cuando le hicieron duque y generalísimo.
—Pero, señor duquillo —contestó ella jovialmente—, si esa personita le sube a usted, será como si un águila o buitre cogiera por su concha a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará; pero cuando estés arriba, el pájaro no va a estarse toda la vida con tanto peso en las alas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo.» Tú moverás las patucas; pero como no tienes alas, ¡pataplús! caerás en el suelo haciéndote mil pedazos.
—¡Qué tonta eres! —dije con petulancia—. Eso pasa en las cosas que se ven y se tocan; pero chica, lo que se piensa y lo que se siente es otro mundo aparte. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?
—Estás lucido, sí —repuso Inés—. Todo debe ser así mismamente. Cuando tú quieres a una persona o cuando la aborreces, no es porque se te antoje. ¡Ah! chico: el corazón tiene también... pues... su ley, y todo lo que pensamos con nuestra cabecita, va según lo que debe ser y está mandado.
—Pero di, chiquilla, ¿de dónde sabes tú todo eso? —le pregunté.
—¿Pero esto es saber? —respondió con naturalidad—. Pues esto lo sabes tú y todos. De veras te digo que se me ocurrió cuando estabas hablando, y que jamás había pensado en tales cosas.
—¡Picarona! Cuando menos, tienes escondido un rimero de libros, con los cuales te vas a hacer doctora por Salamanca.
—No, hijito, no he leído más libros, fuera de los de devoción, que Don Quijote de la Mancha. ¿Ves? A ti te va a pasar algo de lo de aquel buen señor: solo que aquel tenía alas para volar, ¡pobrecillo! lo que le faltaba era aire en que moverlas.
Inesilla no dijo más. Yo callé también, porque a pesar de mi petulancia, no pude menos de comprender que las palabras de mi amiga encerraban profundo sentido. ¡Y la que así hablaba era una modista, una modistilla! Ridete cives.
—Lo que yo sé —dije al fin sintiendo en mí un vivo arrebato de afecto—, es que te quiero, que te amo, que te adoro, que me subyugas y me dominas como a un papanatas, que eres una divinidad, y que juro no hacer cosa alguna sin consultarte. Adiós, reinita: mañana te diré lo que se me ocurra esta noche. Quién sabe, quién sabe si llegaremos a ser... ¿Por qué no? Es preciso estar dispuesto, porque la escalera de los honores es penosa, y si uno se rompe la crisma, como dices...