—¡Qué mal has representado esta tarde, Pepilla!
Observó que mi ama, turbada como una chicuela ante el fiero maestro de escuela, no supo contestar más que con trémulas frases a aquella brusca reprensión.
—Sí —continuó Isidoro—, de algún tiempo a esta parte estás desconocida. Esta tarde todos los amigos se han quejado de ti y te han llamado fría, torpe... Te equivocabas a cada instante, y parecías tan distraída, que era preciso que yo te llamara la atención para que salieras de tu embobamiento.
Efectivamente, según oí entre bastidores aquella tarde, mi ama había estado muy infeliz en su papel de Blanca en García del Castañar. Todos los amigos estaban admirados, considerando la perfección con que la actriz había desempeñado en otras ocasiones papel tan difícil.
—Pues no sé —respondió mi ama con voz conmovida—. Yo creo que he representado esta tarde lo mismo que las demás.
—En algunas escenas sí; pero en las que dijiste conmigo estuviste deplorable. Parece que habías olvidado el papel, o que trabajabas de mala gana. En la escena de nuestra salida recitaste tu soneto como una cómica de la legua que representa en Barajas o en Cacabelos. Al decirme
No quieren más las flores al rocío
que en los fragantes vasos el sol bebe...
tu voz temblaba, como la de quien sale por primera vez a las tablas... me diste la mano y la tenías ardiendo, como si estuvieras con calentura... te equivocabas a cada momento, y parecías no hacer maldito caso de que yo estaba en la escena.
—¡Oh, no... pero te diré! El mismo miedo de hacerlo mal. Temía que te enfadaras, y como nos reprendes con tanta violencia cuando nos equivocamos...